Un lugar contra el frío, el Libro del Alumno 2018-2019 de la Escuela de Escritores de Madrid, reúne una selección de textos creados en sus talleres, mostrando la diversidad de voces, estilos y universos narrativos que conviven en esta comunidad literaria.

El libro funciona como un mosaico de géneros y enfoques: relatos fantásticos, narraciones íntimas, exploraciones psicológicas y ejercicios imaginativos que demuestran tanto la disciplina técnica como la libertad creativa que fomenta la Escuela.

En esta publicación, Ana Magnolia Méndez Cabrera participa con el cuento «El encuentro con el Galipote «, una narración que mezcla la tradición caribeña con la imaginación fantástica. La historia presenta a Wilson, un enigmático pescador cuya presencia despierta la curiosidad de tres niños del barrio que sospechan que puede ser un galipote, unser legendario del folclore dominicano capaz de transformarse.

En su conjunto, el libro es un testimonio del proceso creativo de sus autores y del valor de la escritura como exploración de la identidad, la memoria y la fantasía. La participación de Ana Magnolia en esta edición representa una experiencia significativa y enriquecedora, así como un hito importante en su desarrollo literario dentro de una comunidad creativa vibrante y diversa.

Si quieres leer Encuentro con el Galipote,

El encuentro con el Galipote

Tenía lo que parecía un erizo posado en la cabeza, ojos de gato y piel anaranjada. Llegaba a casa al atardecer, y su madre siempre le esperaba con la misma cena: guineítos verdes, bacalao guisado y una sudorosa taza de aluminio llena de una bebida helada. Siempre comían juntos, y parecía que lo disfrutaban, porque sus platos quedaban completamente vacíos.

Se llamaba Wilson, y todos los niños del barrio sentían curiosidad por él. A diferencia de los demás pescadores, que subían a sus pequeñas barcas y pescaban con caña, él era el único que, arpón en mano, se zambullía directamente en el mar. Nadando con fuerza hacia aguas más profundas, se sumergía en busca de ostras, langostas, calamares y caracolas, armado sólo con sus pulmones y el brillo de sus ojos felinos.

La fuerza de sus pulmones y el brillo de su mirada no eran sorprendentes, pues corría el rumor de que era un Galipote, unser legendario del folclore dominicano capaz de transformarse.

«¡Wilson es un Galipote!», susurraban los vecinos. Entre ellos, tres chicos eran los más ansiosos por descubrir la verdad.

Dani, Fer y José vivían al lado y enfrente de su casa. Le veían constantemente salir a pescar, volver cargado de marisco y sentarse a cenar con su madre. Su aspecto chamuscado por el sol les fascinaba, y estaban convencidos de que la leyenda que afirmaba que se transformaba en galipote por la noche era totalmente cierta. Así que decidieron investigar.

Su plan era sencillo: entrarían en su casa una mañana mientras salía a pescar y registrarían su dormitorio en busca de pruebas. Después, irían a casa de Dani, desde donde podrían verle volver del mar y observarle durante la cena en la terraza del patio.

Ya sabían que, después de comer, subiría a un lugar elevado por encima de la ciudad. Seguramente, pensaban, era allí donde se producía la transformación. Si le espiaban, captarían el momento en que cambiaba, harían una fotografía y mostrarían a todo el vecindario la prueba de que su vecino era un monstruo… y de que ellos eran valientes.

Eligieron un jueves de vacaciones para llevar a cabo su plan. El sol sale temprano en verano, así que aprovecharían los primeros rayos de luz. Dani, el vecino más cercano de Wilson, señalaría el momento de reunirse haciendo sonar cinco veces el timbre de su bicicleta.

Todo se desarrolló según lo previsto. Dani se despertó antes del amanecer y vio cómo Wilson se marchaba a la playa con su arpón. Inmediatamente, Dani hizo sonar su timbre cinco veces. Sus amigos, que esperaban al otro lado de la calle, salieron corriendo al primer toque. Los tres chicos se quedaron en la casa hasta que el sol empezó a quemar en lo alto. Fue entonces cuando la madre de Wilson se marchó al mercado. Cuando la perdieron de vista, se escabulleron dentro. No fue difícil: ella siempre dejaba la puerta abierta.

Les sorprendió encontrar el pomo de la puerta helado y el interior casi vacío, salvo por una mesa de comedor con cuatro sillas. La casa era pequeña: un balcón tipo terraza, un salón, un comedor y tres puertas azules.

Dani abrió la primera puerta y la cerró de golpe: era el cuarto de baño, recién utilizado.

Fer abrió la segunda: un dormitorio pulcro con muchos muebles y una cama hecha con una sábana rosa. Otro portazo: ésa no era la habitación que buscaban.

José abrió la tercera puerta azul. En cuanto tiró de ella, salió una brisa húmeda, salada y pesada. Ante ellos había una cama deshecha cubierta con una enorme red de pesca marrón. El suelo era un arrecife de coral, y dentro de la habitación podían oír el murmullo de las olas.

José miró al techo y dio un codazo a Dani, que agarró la mano de Fer mientras él también miraba hacia arriba. A los chicos les costaba respirar. Sin palabras, se sentaron en la red marrón, mirando fijamente.

El techo estaba cubierto por un mar desafiante, vivo y en movimiento: caracoles, peces de todos los colores, langostas, estrellas de mar, piedras, algas e incluso una sirena. Todo estaba allí, profundo y hermoso, lleno de agua -tanta agua- que flotaba por encima, pero ni una sola gota caía sobre el lecho o el arrecife de abajo. Era la continuación del propio fondo oceánico.

Justo cuando su asombro llegaba al máximo, una voz rompió el silencio y apretó sus corazones:

«¿Qué haces en mi habitación? ¿Qué haces en mi casa?»

Al oír la voz, el pez se escabulló detrás de la sirena. Los chicos no sabían qué hacer ni qué decir. Los poderosos brazos de Wilson los rodearon por la cintura, sacándolos de la habitación y colocándolos en medio del salón vacío. Los miró fijamente con sus ojos felinos y les advirtió:

«¡Si decís una sola palabra, juro que me los como a los tres!».

Salieron de la casa solos, en silencio, con los corazones latiendo como tambores. No había nada de lo que presumir. Cada uno volvió a casa sabiendo la verdad.