Decidieron bañarme. Y me resistí. Durante treinta años, he caminado por las calles de mi ciudad llevando mi mochila llena de trastos, durmiendo en el mejor rincón que la noche me deja libre, con el cuerpo embadurnado de aceite, pero sin molestar nunca a nadie.
Como perdí a mi familia, opté por vivir en la calle y trabajar en el taller de Robín. A veces Robín me daba tornillos viejos y alicates gastados, y poco a poco los fui guardando en una mochila de explorador que alguien me regaló una vez. Descubrí que caminar con una mochila llena de cosas aligera las cargas del corazón y llena los espacios vacíos que quedan cuando no hay personas que los llenen.
Durante muchos años he llenado mi mochila de baratijas y he ayudado a Robín a arreglar motores en el taller. Me gusta todo lo que tiene que ver con el aceite: ver explotar las bujías de los coches, desmontar motores, engrasarlos. Y esa grasa en mi piel se siente como una compañía.
Por eso no me baño. Por eso no tengo casa. Por eso deambulo lentamente por las calles de mi ciudad, con mi mochila de explorador llena de pequeños tesoros, hablando conmigo mismo.
Me dicen que no estoy en mis cabales. ¿Y qué es la razón? ¿Es acaso la razón la sinrazón? ¿Sentirse abrazado al petróleo sucio durante treinta años no es razonable? ¿Acaso no es razonable querer recoger objetos abandonados, colocarlos en mi mochila de explorador, transportarlos y hablar con ellos? No lo creo. Y sobre todo, nada de eso es motivo para querer bañarme.
Así que me escondo. Me escondo en las calles de mi ciudad, huyendo de cualquier camión de bomberos; si veo una manguera, salgo corriendo. Intento dormir en lugares alejados de cualquier hidrante, y me abrazo a mi mochila de explorador. También quieren quitármelo, porque dicen que está lleno de basura.
Me escondo. Si veo el camión de bomberos en una esquina, me desplazo a la otra. Algunas personas me ayudan a cubrirme, pero la ciudad se ha quedado pequeña. No me queda ningún lugar donde desaparecer. Y entonces llegó el miércoles. Cuando el reloj dio las diez, salí de mi escondite. Aquella noche dormí en una casa abandonada cerca de la plaza central.
Cuando salí, me estaba esperando: Vi al bombero con su uniforme rojo y su gorra negra. Me miró, sonriendo, y giró la válvula.
-¡Hora de tu baño, Jean Claude!
